20 años de Cromañon

Construir memoria desde afuera
En diciembre de 2023 Gustavo Ruiz se enteró por un conocido que se haría un homenaje a las víctimas de la masacre de República Cromañón. Si bien él venía del palo del rock, en ese momento se percató de que desconocía lo que había pasado en el 2004 en el boliche de Once.
Este desconocimiento, y las ganas de saber más, lo llevaron a investigar lo que sucedió el 30 de diciembre de aquel año durante el recital de Callejeros. Por esta razón se contactó con sobrevivientes y familiares de los jóvenes que fallecieron en aquella ocasión. Las historias que le narraron lo impactaron, y por eso decidió inmortalizar y homenajear a los pibes y pibas de Cromañon a través del arte.
Él al ser un artista visual tomó la decisión de realizar 194 retratos, para construir memoria. Le llevó más de medio año hacer esas caras jóvenes y llenas de vida en tinta sobre papel. Cuando dió por concluido su trabajo, los publicó en un libro que no tiene texto, sólo los rostros de aquellos amantes del rock que lo único que querían era terminar el año con amigos y música en vivo. Esas miradas y sonrisas que él utilizó en su obra son las que se pueden ver en La bandera de Cromañon.
Gustavo no tiene ninguna conexión directa con la masacre, no estuvo ahí esa noche ni es familiar de alguna víctima o sobreviviente. Por esa razón, es que decidió realizar este proyecto, porque así como él, una gran parte de la sociedad desconoce lo que sucedió en aquella noche fatídica.
Cuando finalizó con Cromañon 20 años: 194 retratos, como bautizó al trabajo que lo llevó conectarse con historias que desconocía y que lo marcarían, cayó en la conclusión de que las piezas debían moverse, llegar a donde se encuentran las personas, ir por los barrios de esos jóvenes. Porque la memoria es eso, un movimiento constante. Por eso tomó la decisión de plasmar los rostros en cuadros y exponerlos en universidades públicas del Conurbano.
A dos décadas de la masacre, su trabajo recorrió la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV).
Decidió mostrar los retratos en estos espacios por su conexión con las comunidades cercanas. No quería que quedaran en lugares vinculados a la contracultura rockera, porque a esos lugares suelen ir personas que ya saben lo que fue la masacre de Cromañón.
Por esa razón buscó lugares de circulación, como la biblioteca de la UNLZ o las pasillos de la UNQ, por las que caminan todos los días profesores, alumnos y no docentes.
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Gustavo espera que estos retratos atraviesen las emociones de quienes las vean y generen nuevas búsquedas. Desea que las imágenes sean disparadores para buscar información sobre el hecho, para personas que desconocen por completo esta historia y la lucha que hay detrás. Quiere que los lleve a investigar o a querer saber más.
Esos rostros que él creó con tinta son las pocas fotos que tienen los familiares y amigos de los que ya no están. En la actualidad, y con la tecnología, se registra todo y cada instante. Las cámaras disparan a cada rato y en todo momento, pero en 2004 no era así. Tampoco las imágenes seguían una tendencia, como se puede ver en cualquier red social.
Cuando se miran los retratos de las pibas y pibes de Cromañón, cada uno cuenta una historia distinta, aunque parecida. Esos jóvenes se identificaban con las canciones del rock barrial, ese sonido tan característico de los barrios con calles de tierra, música a todo volumen, que invitaba a disfrutar la vida en una esquina con amigos.